Capítol 17

-Lo que su madre quiere decir- dijo el comerciante con una sonrisa macabra –Es que si quieren librar a su familia de las deudas, ustedes tendrán que casarse... con mis hijos...-

Kefren se quedó mirando al comerciante fijamente, sin parpadear siquiera. Pasó su mirada luego al menor de los hijos del comerciante, Abedu, su desfigurado rostro y su joroba, y al mayor, Neferu y ese aire estúpido de su cara. En definitiva, el tiempo en palacio la había acostumbrado a ver únicamente a Yami, lo que significaba que personas como esas le causaban una repulsión indescriptible. En su cabeza buscaba alguna solución. La oferta era tentadora, que su familia fuera libre por fin… pero el ser humano siempre busca su felicidad, y ese instinto en Kefren le decía que ya había alguien con quien quería estar.

Por su lado, Nefer ni siquiera miró a los tipos, presa del pánico. Imaginaba que su hermana pensaba en lo mismo que ella, pues se encontraban en un dilema parecido al suyo. Y entonces por su mente pasó la imagen del tipo grande y musculoso que la había llevado al palacio la primera vez, una voz que había dicho “Sólo eres una asquerosa esclava, no tienes derecho a opinar”. Inconscientemente, una sonrisa cruzó por su rostro. Se levantó de la silla y miró fijamente al comerciante.

-Perdone mi insolencia, gran señor, pero nos es imposible aceptar la generosa oferta que usted nos hace- dijo tranquilamente, guardando una expresión seria en el rostro.

Todos miraron a la pelirroja con incredulidad, pues no era común ese tipo de atrevimientos, no cuando su familia estaba en juego. El comerciante, que por cierto, se llamaba Hassan, pareció especialmente indignado por estas palabras.

-¿Y porqué, si se puede saber, es que no podrían aceptar mi oferta?- preguntó sonando lo más amable que pudo, con una sonrisa fingida en la cara.

Nefer mostraba una expresión triunfal en el rostro. No había nada que venciera el argumento que había pensado. –Verá, buen señor, mi hermana y yo no somos más que un par de esclavas, sin valor alguno. No estamos a la altura de unos hombres tan nobles como sus hijos.- esto fue como una pequeña introducción a lo que vendría. Ni siquiera alcanzó Hassan a abrir la boca cuando Nefer siguió hablando –La razón por la que estamos aquí, en nuestro humilde hogar que es también suyo, es porque nuestro amo partió en un largo viaje y nos concedió un corto tiempo de libertad. Sin embargo, siendo nostras esclavas, no tenemos libertad sobre nuestras acciones, me refiero a si trabajamos o no, si nos casamos o no; puesto que nuestras vidas son propiedad única y exclusiva de nuestro amo y es él quién tendría que decidir sobre este asunto. Por ello me temo que es imposible aceptar su generosa oferta- explicó tratando de no reírse por la expresión de derrota del comerciante.

Kefren miró a su hermana, sorprendida de que hubiera ideado algo así en tan poco tiempo. Sin embargo, no cantó victoria sino hasta que Hassan hubo pedido disculpas por tan triste suerte, maldiciendo para sus adentros, y salió de la casa con sus dos hijos.

Aunque ambas se sentían un poco culpables por la deuda de sus padres, un enorme alivio las invadió cuando se vieron libres de semejante asunto. Sus padres se quedaron mirándolas con asombro. De pronto sintieron que sus hijas habían cambiado mucho en siete años. Por un lado, Nefer había fortalecido su carácter, se mostraba indirectamente altanera y desafiante. Por otro lado, Kefren, a pesar de que había mantenido su carácter apagado y silencioso, obediente, había algún brillo en su alma, algo distinto, se veía más optimista, sonreía más a menudo. Pero lo más importante, en la mirada de ambas había algo tan distinto, una luz nueva, una luz como de fe, de esperanza y de alegría.

Kefren se disculpó y salió de la casa. Había quedado de verse con Ryou para sus lecciones de escritura. Lo encontró en su casa. Se veía muy deprimido, alicaído y preocupado.

-Ryou, ¿estás bien?- preguntó la chica sentándose junto a él en el suelo de la pequeña choza.

-Van a ejecutar a Teana-murmuró el joven totalmente abatido.

-¿Qué? ¿Porqué?- preguntó Kefren sorprendida. Teana había sido su amiga de la infancia. La conocía por ser enérgica y optimista, alegre, traviesa y juguetona. No se imaginaba porqué tendrían que ejecutarla. Recordaba que la habían apresado por merodear cerca del palacio de un pariente del faraón, pero estaba segura de que no era causa de ejecución.

-No han recibido noticias del amo del palacio, por eso...- replicó el chico con rabia. –La llevarán a la horca en dos semanas- golpeó el suelo con un puño.

Kefren suspiró tristemente. La única forma en que podrían salvar a Teana sería si el amo del palacio regresara. Pero él había ido a la guerra, junto con toda la familia real. La otra opción sería comunicarse con Yami, pero esto resultaba demasiado arriesgado. Podrían interceptar la carta y esto pondrían en peligro a todo el pueblo. Kefren sabía que no podía hacer eso –Ten fe, Ryou. Estoy segura de que todo saldrá bien. Algo se nos ocurrirá, lo prometo.- lo animó la chica sonriendo levemente.

X-X-X-X-X

Para el ejército egipcio, las cosas no iban tan mal. Sin embargo, se les estaba terminando la comida y el mal clima los estaba desanimando terriblemente. Los soldados esperaban terminar con la guerra pronto para volver a sus casas, con sus familias, a la comodidad de una sala de estar, a la calidez de los brazos de una mujer.

Era esto último lo que ocupaba las mentes de Yami y Seto, los hijos mayores del faraón. Un par de patanes, inútiles y flojos, como su padre los llamaba, pero que habían demostrado su valía en la guerra. Dos renegados, en contra de heredar el trono de la nación o de cumplir cualquier designio que su padre tuviera. Este par de irresponsables, ovejas negras de la familia real, se encontraban ahora en el suelo, tumbados bocarriba, mirando el cielo azul que hacía tanto tiempo no se mostraba ante ellos.

-¿Pensativo hermanito?- preguntó Seto con una sonrisa en el rostro

-Le escribí la semana pasada. El mensajero dijo ella que recibió la carta sin problemas- replicó este alegremente.

-¿Sabes que nos pones en riesgo a todos con tus cursilerías?- lo acusó su hermano con una ligera risa.

Yami asintió con total descaro. Por supuesto que sabía y conocía los riesgos de escribirle a Kefren. Pero correría el riesgo con tal de hacerle saber que todo marchaba bien, aunque a veces no fuera así. Le reconfortaba saber, al menos pensar, que ella estaba tranquila y a salvo.

-Estás bien loco hermanito- lo “regañó” Seto pensando en si estaría bien escribirle a Nefer. Descartó la idea, pues no se le ocurrió que Kefren le estuviera enseñando a leer.

-Acostúmbrate. Es mal de familia. Sólo que cada uno tiene su propia locura- los dos se rieron un rato. Volvieron a guardar silencio, sin dejar de contemplar el cielo, mientras una brisa cálida golpeaba sus rostros y hacía volar sus cabellos.

Cuando todo parecía casi perfecto, y ya pensaban que tendrían un día tranquilo por primera vez en mucho tiempo, uno de los capitanes del ejército se acercó a ellos con verdadera emoción en su rostro, tanto que se le olvidó cualquier tipo de seña respetuosa hacia los hijos del faraón –¡Ya los tenemos! La compañía que enviamos ayer los acorraló en un valle a unas pocas horas de aquí. El mensajero que llegó dice que el rey está con ellos. ¡Es nuestra oportunidad de terminar con esto para poder volver a casa!- exclamó alegremente

Yami se aclaró la garganta. -¿No se le olvida algo, capitán?- preguntó. Aquella era una de las pocas ocasiones en las que exigía el respeto y el trato que su posición ameritaba, tal vez porque estaba acostumbrado a ello, o porque le resultaba extraño no recibirlas.

El capitán se ruborizó al darse cuenta de la manera en que les había hablado a los soberanos de Egipto. Después de mil reverencias y disculpas dijo : -Disculpen ustedes, majestades. Estoy completamente a sus órdenes.-

Yami sonrió satisfecho –Pregúntele a su alteza cómo deben proceder y venga a informarnos la orden del faraón de inmediato- ordenó autoritariamente. En cuanto el capitán se hubo ido, el joven volvió a recostarse en el suelo y soltó la carcajada. Seto se río también, no sin antes mirarlo reprobatoriamente.

-Pobre tipo, casi le da un infarto. Eres cruel- lo regañó

-Sep. Mucho.-

-¿Escuchaste lo que dijo, no? Si todo sale bien... podríamos volver a casa muy pronto. Sabes lo que eso significa ¿cierto?- preguntó el castaño, pensando alegremente en la posibilidad de volver a la ciudad, a la comodidad del palacio (que nunca había añorado tanto como ahora que dormía en el suelo) y por supuesto, volver con Nefertari.

-Lo sé. Daré todo de mí para que podamos volver tan pronto como sea posible- respondió su hermano, con la misma alegre expectativa de volver, aunque en su caso, el palacio no le importaba mucho, ni le llamaba en absoluto la atención. Su única razón para querer volver era ella. “Kefren, te prometo que pronto estaré de vuelta en casa” pensó mientras esperaban el regreso del capitán.

Este no tardó en presentarse, esta vez con los ánimos más calmados –Su majestad ordena que ataquemos ahora mismo, y solicita que sus majestades estén al mando de las tropas- anunció haciendo una reverencia.

Los dos príncipes se levantaron y se prepararon, vistiendo sus armaduras y cargando su armas de batalla. -¿Qué tal tu brazo?- preguntó Yami, viendo como su hermano se acomodaba el arco y u carcaj de flechas.

-Como nuevo- replicó este montando su caballo negro, al tiempo que su hermano hacía lo propio con el suyo.

No pasó mucho tiempo hasta que se reunieron tras ellos gran parte de las tropas, a caballo o a pie. Una pequeña parte se quedó en el campamento para proteger al faraón, que por supuesto no podía pelear por su ausente pierna. El ejército egipcio anduvo por unas tres horas en medio del desierto, sin detenerse a comer o a descansar. La esperanza de terminar victoriosos aquella dura empresa, la remota posibilidad de volver a la paz del pueblo, del hogar, de la familia, los alentaba enormemente. Al cabo de una horas llegaron a un extenso valle, supuestamente el lugar donde estaba el enemigo, pero ahí solo había desierto... Arena y desierto. Yami miró con desconfianza a su alrededor y no tardó en verlos, como de la nada aparecían cientos y cientos de babilónicos, rodeándolos. Al frente de ellos, casi chocando con los príncipes, había un hombre a caballo. Llevaba una barba negra y su piel era oscura. Cubría su cabeza con una capucha blanca y sobre esta lucía una corona.

-Así que... al fin nos conocemos, Narmer- dijo el hombre sonriente, dirigiéndose a Yami, dando por sentado que se trataba de su padre –Eres más joven de lo que imaginaba, pero... qué importa, de todas formas caerás, junto con tu amado pueblo- sonrió sádicamente. Este hombre era, ni más ni menos, que el rey babilónico Sumu-abum. Había decidido declarar la guerra a Egipto sediento de poder y de conquistar nuevos territorios, ampliar su reino y lo que esto significaba.

-Mi nombre no es Narmer. Soy Yami, hijo de Narmer, heredero al trono de las Dos Tierras. Y no voy a caer- replicó el príncipe, mirando retadoramente al soberano oriental.

-Eso lo veremos, hijo de Narmer- dijo Sumu-abum desenfundando su espada. Yami lo imitó

-Que así sea-

X-X-X-X-X Dos semanas después X-X-X-X-X

Jono entró precipitadamente a la pequeña choza donde vivían Kefren y su familia. En su rostro se dibujaba una sonrisa de triunfo, y se veía ansioso de contar las noticias que llevaba. Neithotep lo hizo sentarse, cosa que le resultó difícil debido a su emoción. Ya que toda la familia se reunió a su alrededor.

-¡Ganamos!- exclamó eufórico -¡Ganamos la guerra! El rey de los enemigos se rindió. ¡Ganamos!- la familia lanzó una exclamación de júbilo, paz de nuevo, era maravilloso –Lo que supe es que el príncipe Yami se enfrentó a él en un mano a mano... ¡y lo hizo pomada!-

-Son maravillosas noticias, Jono- dijo alegremente Neithotep –Y dime, ¿cuándo volverán sus majestades?- preguntó con curiosidad

-Ya están en la ciudad. Se ha organizado un gran desfile en honor de la victoria. En este momento deben estar en la plaza principal- explicó alegremente –En fin, mejor voy a avisarle a los demás. Aún no he pasado por la casa de ese... Khenu o como se llame- refunfuñó fastidiado. Khenu era el novio de su hermana menor, Kaia, por tanto, no le caía nada bien. El rubio se levantó y salió de la casa, aún refunfuñando sobre “ese asalta-cunas” .

Kefren y Nefer intercambiaron una sonrisa de tranquilidad, sin embargo, se vieron interrumpidas cuando Ryou entró del golpe a la casa -¡¿Ya se enteraron?! ¡Ganamos!- exclamó lleno de júbilo. Kefren sabía porqué. Al día siguiente ejecutarían a Teana, pero ahora que el amo que la había encarcelado había vuelto, esa ejecución sería. –Ese tal Malik ha vuelto y ha mandado que suelten a Teana-

-Me da mucho gusto. Salúdala de parte nuestra- dijo Kefren sonriente.

-Por cierto... me enteré por ahí que los hijos del faraón no venían en el desfile. Escuché que el príncipe Seto fue herido en la batalla y de Yami no sé nada. El faraón está disimulando, esperando que nadie se de cuenta- dijo Ryou

-¿Cómo? ¿No están?- preguntó Nefertari espantada. Kefren se tapó la boca con una mano, muda del pánico.

Ryou asintió –Bueno, será mejor que me vaya, iré a ver el desfile. ¿Las veré allá?- dijo dudoso antes de salir de la casa.

Neithotep y Ankhaf, ignorando los motivos que preocupaban a sus hijas mayores, propusieron ir todos juntos a ver el desfile. La pequeña Neftis aceptó con mucho entusiasmo la propuesta, pero sus hermanas no mostraron ni la mitad de esa alegría. –Mamá, papá, nosotras nos quedaremos aquí. No tenemos muchas ganas de salir- dijo Nefer, forzándose a hablar.

Sus padres las miraron con curiosidad, pero no preguntaron nada. Salieron con la pequeña Neftis, dejando a las chicas solas.

-¿Qué les habrá pasado? No es posible que no estén... ¿Crees que estén bien?- peguntó Kefren, cuando ya todo el color había abandonado su joven rostro. Se sentía perdida en el pánico. Si algo llegaba a pasarle a Yami... ¿qué haría? No solo perdía toda posibilidad de librar a su familia de una vez por todas, sino que perdería lo que más le importaba, al único que había sido capaz de hacerla sonreír, de devolverle la esperanza, de enamorarla.

Para Nefer era más o menos lo mismo, sólo que para ella era también por su honra, por su honor, porque a Seto le había entregado su alma, su corazón y su cuerpo y todo lo de ella, y si él no regresaba, sabía que sería su perdición.

Las dos daban vueltas por la casa, mordiéndose las uñas ahogándose en su preocupación y su miedo. No sabían qué hacer ¿buscarlos? ¿dónde? Podrían estar muertos...

Estaban en estas cuando tocaron a su puerta. Ambas se levantaron y abrieron la puerta, tras la cual encontraron a dos tipos, cubiertos totalmente por capas negras que ocultaban sus rostros. Ambos eran delgados, uno más alto que el otro. El más bajito dijo :- Nos envían buscando a Kefren y Nefertari, hijas de Ankhaf y Neithotep-

-¿Qui-quién los envía y para qué?- preguntó Kefren asustada

-No se nos permite revelar tal información- replicó el más alto.

Nefer sintió algo de familiaridad en la voz del más alto, por lo que lo miró furtivamente, tratando de ver algo bajo la capucha. Y lo reconoció en seguida en cuanto vio un par de ojos azules y una sonrisa inconfundible.

 

CONTINUARÁ