Capítol 18

- Nos envían buscando a Kefren y Nefertari, hijas de Ankhaf y Neithotep- dijo el más bajito de los dos extraños encapuchados que acababan de tocar a la puerta de las dos hermanas.

-¿Qui-quién los envía y para qué?- preguntó Kefren asustada

-No se nos permite revelar tal información- replicó el más alto.

Nefer sintió algo de familiaridad en la voz del más alto, por lo que lo miró furtivamente, tratando de ver algo bajo la capucha. Y lo reconoció en seguida en cuanto vio un par de ojos azules y una sonrisa inconfundible. Sus labios se curvaron en una sonrisa al darse cuenta de quién se trataba.

-¡Seto!- exclamó eufórica, arrojándole los brazos al cuello, haciendo que la capucha cayera y dejara ver el rostro del segundo hijo del faraón, con los cabellos castaños alborotados, un rasguño en la mejilla derecha y una cortada al lado de su ojo izquierdo, además del característico polvo en la cara y un moretón en el cuello. –Pensé que te había pasado algo cuando me dijeron que no venías en la caravana- dijo la chica acariciando su rostro con ternura.

Él le pasó un brazo alrededor de la cintura y la besó juguetonamente –Nos escapamos para venir a verlas. Ahora, papá nos matará cuando nos vea, así que lo mejor es regresar al palacio antes que él para que no arme un espectáculo en la plaza pública. ¿Vienes conmigo?- preguntó en un tono seductor

-Eso no se pregunta- respondió ella besándolo y se fueron de ahí abrazados.

Kefren se mantuvo ahí observando al otro encapuchado, quien se descubrió la cara, aunque ya no hiciera falta. -¿Yami?- preguntó Kefren abrazándolo, aún temiendo que todo fuera una ilusión, un sueño.

-¿Esperabas al dios Horus Escorpión (1)?- preguntó Yami con un deje de ironía

Kefren negó con la cabeza –Es solo que no puedo creer que al fin estés de regreso. Como hacía tiempo que no sabía nada de ti, temí que estuvieras herido o peor- explicó ella abrazándolo aún más fuerte.

Yami sonrió y correspondió el abrazo –No te preocupes, no me lastimaron. Solo un poco- aseguró alegremente. Su sonrisa se esfumó al ver una mirada triste en el rostro de Kefren. -¿Qué pasa? ¿No te alegra verme?- preguntó asustado.

Ella agitó la cabeza negativamente –Por supuesto que me alegra verte. Se me colma el corazón de dicha al saber que al fin has vuelto y por tu propio pie. Es solo que... han pasado cosas extrañas y me siento mal. He sido muy egoísta Yami. Preferí salvarme a mí misma que a mi familia- le contó a Yami lo ocurrido unas semanas antes con el comerciante y sus dos hijos. Yami la escuchó atentamente hasta que terminó de hablar.

-No tienes que sentirte mal por eso Kefren. Las personas siempre buscan ser felices, y a veces, con tal de conseguirlo, inconscientemente lastiman a otros. Pero es normal. No te preocupes, creo que tengo algo que les puede ayudar.- la tranquilizó dulcemente. Buscó algo en el interior de su capa y sacó una pequeña bolsa de cuero bastante pesada. La abrió y le mostró a Kefren su contenido. Esta quedó sorprendida, puesto que la bolsa estaba llena a rebosar con monedas de oro y montones de sal. -¿Con esto será suficiente?- preguntó Yami cerrando de nuevo la bolsa y entregándosela a Kefren. Ella sonrió de buena gana y dejó la bolsa sobre la mesa. -¿Ya podemos irnos?- pidió Yami mirando constantemente hacia la plaza, desde donde se escuchaba el ruido de fiesta y algarabía. Kefren asintió, y juntos se dirigieron de vuelta al palacio.

Habiendo llegado a su destino sin ningún contratiempo, Seto se deshizo de la capa negra que lo cubría, dejando ver su brazo vendado y entablillado, aunque el joven no parecía darle mucha importancia al asunto.

-Dijiste que no te habían herido- lo reprochó Nefer, quien se había tumbado en la cama como primera acción en el palacio.

-Solo un poco- se excusó él. Aunque por lo visto, “solo un poco” para el príncipe era algo así como un brazo roto, moretones en el cuello y espalda y la mitad de la cara llena de cortadas.

-Seto... estas hecho pedazos- dijo ella inspeccionando las múltiples heridas que presumían su presencia en el bien formado cuerpo del castaño.

Él sonrió ignorando los presuntuosos rastros de la batalla, y sentándose en la cama junto a la joven pelirroja, quien seguía recostada ahí. Después de un momento, él también se dejó caer bocarriba en el lecho, feliz de volver a las comodidades de su cama –Te extrañé mucho... camita- murmuró abrazando su almohada, ganándose una patada en la espinilla por parte de la chica que se hallaba a su lado, quien se levantó indignada. -¿Qué pasa linda?- preguntó él con una sonrisa en los labios.

-Anda a pedirle explicaciones a tu camita- replicó ella en un tono frío.

-Vamos, no seas exagerada. Quiero mucho a mi camita, pero nunca se comparará contigo- dijo tomándola del brazo y obligándola a volver a la cama. –Además, -prosiguió con una sonrisa pícara -con mi camita no puedo...- se acercó al oído de la chica y le susurró varias cosas ininteligibles que provocaron que ella se sonrojara para luego reírse abiertamente.

-Eres un asco, Seto- lo regañó entre risas, poco antes de se callada por un beso por parte de su compañero.

Por su lado, Yami no había llegado a su habitación a hacerle cariños a su cama, sino que se quitó la capa y salió de la habitación, haciéndole una seña a Kefren para que lo siguiera. La llevó hacia una zona muy apartada del palacio, a una monumental habitación con una bañera donde cabía una sola persona. Yami le hizo una seña a Kefren para que se escondiera y acto seguido llamó a un criado. –Prepárame el baño, me siento más sucio que un jabalí revolcándose en el lodo- ordenó con amargura. El criado obedeció de inmediato, y dos minutos después, la bañera estaba llena de un líquido blanco. El criado se dio la vuelta y salió de la habitación. Kefren salió de su escondite, detrás de una columna, a la señal del príncipe. –Date la vuelta por favor- pidió amablemente. La chica obedeció sin preguntar nada. –Ya puedes ver- le indicó él unos minutos después. La chica lo miró. Estaba desnudo, según pudo ella apreciar al notar su ropa en el suelo, metido en la bañera, con el líquido blanco cubriendo hasta un poco debajo de sus hombros. La chica se acercó a él ligeramente dudosa. -¿Señor? Está herido- murmuró tocando una cicatriz a lo largo de la espalda del príncipe.

-Señorita, estoy herido- replicó él profundamente molesto, indignado y ofendido.

-¿Dije algo que lo molestará?- preguntó ella suavemente

-Kefreeeeeeeen... habíamos acordado que ya no me ibas a decir “señor”- contestó el joven mojándose la cara y salpicándola a ella “accidentalmente”.

-Perdón, se me olvidan algunas cosas- sonrió ella ruborizándose ligeramente.

Yami giró la cabeza para verla. La atrajo hacia sí suavemente y la besó –Espero que no hayas olvidado... que te vas a casar conmigo...- susurró antes de besarla de nuevo, esta vez un poco más apasionado que el anterior.

X-X-X-X-X

Habiendo pasado unas dos o tres horas, el faraón Narmer, hijo de Horus Escorpión, entró en su palacio echo una furia, y de no haber sido recibido por su esposa y su hijo menor, se habría seguido de largo hasta la zona donde residían “ese par de inútiles” y le hubiera prendido fuego. Cuando se libró de sus esposa e hijo, se dirigió a la zona donde residían “esos malditos infelices” y se dispuso a prenderle fuego. Se detuvo primero ante la puerta de su hijo mayor, el patán que heredaría su reino -¡¡YAMI!! ¡¡SAL AHORA MISMO!!- y con esto, se fue caminando hasta la habitación de su segundo hijo, el irresponsable que probablemente se volvería un alto funcionario si su hermano mayor tomaba el trono -¡¡SETO!! ¡¡SAL AHORA MISMO!!- bramó furioso.

Yami no llegó a enterarse del llamado de su padre, puesto que llevaba un rato dando vueltas en los jardines del palacio junto con su prometida. Estando a unos 200 metros del lugar de la explosión recibió la atronadora voz de su padre, aunque no supo qué decía, pero no sonaba para nada bien, así que tuvo que pedirle a Kefren que rodeara todo el palacio para llegar a su habitación.

A diferencia de su hermano, Seto sí estaba en su habitación con Nefer, contándole las batallas y lo que había vivido en los meses de su ausencia. Al escuchar el grito de su padre, le indicó a la pelirroja que se escondiera si no quería recibir la tormenta, y salió al encuentro del faraón quien se hallaba rojo de cólera.

-¡¡USTEDES!! ¡¡ASQUEROSO PAR DE IDIOTAS!! ¡¿EN DÓNDE DIABLOS ESTABAN?!- los dos hermanos miraron perplejos a su padre y luego intercambiaron miradas de complicidad que decían algo así como “Necesitamos una excusa” o “Espero salir vivo de esto. –Ahora, tienen una cita con la horca y no quiero que lleguen tarde- los amenazó jalándolos por las orejas como si fueran niños pequeños.

Aunque honestamente, ninguno de los dos estaba muy preocupado por su cita con la horca. El mayor estaba más bien recordando la cara de felicidad de su Kefren cuando le dio los recursos para pagar las deudas de sus padres. El otro sólo pensaba en cómo podría sacarle provecho a su cama esa noche.

CONTINUARÁ

(1) Horus Escorpión fue el último faraón de la dinastía cero, padre de Narmer. Aunque no es muy seguro que realmente haya existido