
Capítulo 19
Bueno, Seto y Yami llegaron demasiado tarde a su cita con la horca, por suerte. En cambio, el faraón los confinó a cada uno a su habitación, trabajando como viles esclavos desde que amanecía hasta que anochecía. Aún así, ellos estaban contentos porque desde que amanecía hasta que anochecía, pasaban el tiempo haciendo cuentas y demás trivialidades en compañía de las personas que querían.
-Seto ¿cuánto tiempo más estás castigado?- preguntó Nefer sentada en el suelo junto al escritorio donde trabajaba el susodicho, mirando de reojo el pergamino en el que aquel trabajaba desde hacía horas.
-Hasta la próxima semana- contestó él suspirando de cansancio
-No entiendo nada… ¿qué es eso?- preguntó la pelirroja intentando descifrar los símbolos del pergamino. Había aprendido a leer con ayuda de Ryou y su hermana, pero de matemáticas no sabía nada.
-Matemáticas. Sirve para fastidiarnos la vida- replicó él fastidiado –Lo entendería si al reino le fuera útil… pero sólo es para castigarnos- se quejó
Ella se rió abiertamente, cosa que no agradó mucho a su compañero. Arrugó la frente y alzó una ceja con curiosidad -¿De qué te ríes?- preguntó en tono de puchero.
-De la cara de harto que traes- dijo sin dejar de reírse
-Te daría menos risa si tuvieras que hacerlo tú. Además, me castigaron por ir a rescatarte- reclamó tomándola por la cintura de golpe para luego sentarla en sus piernas –Así que al menos… espero una recompensa- susurró provocativamente en su oído. Ella sonrió y rodeó su cuello con sus brazos, regalándole un beso fugaz. –Así me gusta- agradeció él, para luego volver a su trabajo.
El heredero al trono de todo Egipto no la estaba pasando mucho mejor que digamos. Si el tonto de su hermano estaba lleno hasta el techo de trabajo, Yami tenía toda su habitación, cama y balcón incluidos, lleno de papeles, textos y cuentas por hacer. Su hermano tenía una semana de castigo; él tenía un mes. Su padre había sido muy claro al respecto
FLASHBACK
-Esperaba algo así de tu hermano, pero no de ti, Yami. ¿Cómo esperas llegar a ser digno de ocupar el trono si eres tan irresponsable? Seto es un caso perdido, nunca esperé mucho de él; pero tú, Yami, eres el mayor, y por tanto tus responsabilidades son mayores- decía el faraón, ya que se le había pasado un poco la rabia –Tienes que entender que se necesita firmeza y responsabilidad para gobernar un país, si el pueblo te ve débil se levantarán contra ti, ellos esperan mucho de ti, tú debes resolver sus problemas y mantener la paz; ése es el deber de un faraón-
“Bla bla bla. Como si me interesara. El viejo nunca entenderá que me importa más una hormiga que si soy competente para gobernar Egipto. ¿Porqué no elige a Shasta? Es su consentido y es un amargado de lo peor, justo lo que papá quiere ¿Porqué tiene que estar encima de mí? Nadie me preguntó si yo QUERÍA heredar el trono, nunca ha sido mi aspiración en la vida” pensaba Yami, haciendo caso omiso a los regaños de su padre. Cierto es, jamás había sentido atracción alguna por el poder. Muchas veces envidiaba las vidas de los campesinos, sin tantas obligaciones o preocupaciones, aunque Kefren aseguraba que trabajaban sin descanso para poder medio vivir, Yami preferiría eso mil veces, a tener que sentarse en un trono todo el día como su padre lo hacía.
-¿Yami me estás escuchando? ¡¡Explícame por qué razón tú y tu hermano se desaparecieron así!!- gritó el faraón comenzando a desesperarse de nuevo
Yami sonrió –Tenía algo más importante que hacer- dijo simplemente con una sonrisa de “¿y eso qué?”, que puso a su padre totalmente furioso, lo que le valió el castigo que ahora sufría
END FLASHBACK
Kefren se acercó a él angustiada –Deberías descansar- sugirió mirando las ojeras que adornaban los ojos rubíes del príncipe
-Si duermo, me tardaré más en terminar. Si me tardo más, no podré estar contigo, Kefren- sonrió aquel como si fuera cualquier cosa
Ella agachó la cabeza –Disculpa… te pusieron todo este trabajo porque fuiste a verme… por eso ahora no puedes descansar- murmuró arrodillándose junto a la silla donde él estaba. Él la miró con ternura y le alborotó el cabello, encontrando la forma de arrodillarse junto a ella.
-No tienes que pedir disculpas. Fui por ti porque era mi deseo… y porque tú me importas más que cualquier desfile-sonrió dándole un baso suave –Deja de preocuparte. Anda, a dormir. Te ofrecería mi cama, pero está llena de papeles-
Ella negó con la cabeza efusivamente –No. Si el amo no duerme, yo tampoco lo haré. Porque mi deseo es estar con el amo, y eso es más importante que dormir- aseguró con firmeza. Yami se rió, pero al repetir sus palabras en la mente, frunció el entrecejo.
-¿Quién es el amo?- preguntó con los brazos cruzados, sintiéndose brutalmente ofendido, desviando la vista hacia otro lado. Para su sorpresa, Kefren se rió
-Perdón, Yami. Se me olvida- era la primera vez que la veía reír abiertamente. Kefren no sonreía muy seguido, pero lo hacía. ¿Reírse? Eso era algo totalmente nuevo. Le gustaba. La risa de Kefren era como música para sus oídos. La chica se dio cuenta de cómo la miraba Yami, y paró de reírse al instante –Perdón, no debo reírme. Disculpa- agachó la cabeza apenada.
-Para nada. Me encanta que te rías- aseguró él alzándole la mirada con una mano. Ella sonrió.
Transcurrió así un mes largo, laaaaaargo para los dos príncipes. Si bien, Seto terminó su castigo a la siguiente semana, fue solidario con su hermano y lo acompañó durante buena parte de sus castigos “por haber retado de forma tan graciosa al faraón” había sido su excusa. Así, mientras Yami se mataba haciendo cuentas y recopilando datos e historias de los grandes reyes de Egipto, Seto se sentaba en una esquina y platicaba con Kefren sobre los vicios de su hermano. Esto hacía enojar a Yami, provocando que se equivocara, derramara la tinta, dañara el papiro, o en los peores casos, a tirar al suelo una pila de papeles en la esquina de su escritorio y le tomaba varias horas reacomodarlos. Sí, sin duda fue un mes largo, pero no fue del todo aburrido.
Finalmente, Yami pudo mandar a un esclavo a recoger todos los papeles y entregarlos al faraón, quien, aunque aún molesto, se sintió satisfecho y dejó descansar a su hijo. Bueno, no descansó del todo, por lo que sucedió después.
Nefer paseaba por el pueblo constantemente, visitando a sus amigos y a sus padres, además de servirle como distracción. Sí, a veces necesitaba distraerse de la vida en el palacio. Sus obligaciones como esclava se reducían a limpiar la habitación de Seto todos los días, y acompañarlo cuando él tenía que salir del palacio. Aún así, sus “obligaciones” como prometida no anunciada de Seto resultaban un poco más agotadoras, aunque no por ello menos agradables. Esos paseitos por las orillas del Nilo le ayudaban mucho a relajarse.
Kefren en cambio, no iba tan seguido al pueblo. Sentía una extraña afición a estar en el castillo, había algo en él que le resultaba familiar o cercano, no entendía porqué. Aunque ella era una persona sencilla y no tenía ninguna comodidad en el castillo aparte de la cama en la que dormía, le gustaba estar ahí. Más bien… le gustaba estar con él. Las pocas veces que bajaba al pueblo eran para visitar a sus padres, tal vez a sus amigos, y recordar cómo se sentía el sol en su rostro y la brisa en su cabello.
Así pues, una mañana, las dos hermanas salieron de paseo. A pesar de todo, habían comenzado a recuperar su vida como aldeanas, aunque la mayor parte de su tiempo la pasaban en el palacio. El problema eran sus amigos. Ahora que ella tenían un contacto tan cercano con el hijo del faraón, varios de ellos las asediaban con peticiones y ruegos, algunos demasiado exigentes; sin embargo, lo hacían por molestar y nada más.
Esa mañana, las dos se dirigieron al mercado con sus amigos, quienes consintieron en invitarles algo de comer; a pesar de que las molestaban diciendo “esperemos que las señoritas no consideren que la comida de plebeyos no esté a su altura” y todos reían, mientras Kefren les decía que se meterían en problemas si alguien se enteraba de que trabajaban en el palacio.
Un poco más tarde, las dos chicas siguieron su camino por su cuenta, avanzando hacia el Nilo. Llegando ahí, se sentaron a sus orillas y metieron sus pies descalzos en las cristalinas aguas. Estuvieron en silencio, no había mucho por decir. Aunque la distancia entre ellas se había reducido aún más durante el castigo de Yami (Seto arrastraba a su pelirroja a la habitación de su hermano para poder divertirse los tres a costa de él –Kefren siempre tratando de evitar que lo molestaran) sentían que no tenían mucho que decirse la una a la otra. Sintieron un leve movimiento a sus espaldas.
-¿Quién es?- preguntó Nefer buscando a quien provocase ese ruido. Una sombra que ambas conocían salió por detrás de los juncos.
-¿Son ustedes Kefren y Nefertari, hijas de Ankhaf y Neithotep?- preguntó el hombre
En el palacio, Yami estaba en su habitación mirando por el balcón hacia el pueblo. Desde que las salidas de Kefren se habían hecho más frecuentes, se había dado cuenta de cuanto se aburría sin ella. Sin embargo, ese día en particular, había algo que lo molestaba. Escuchó que tocaban a su puerta –Adelante- indicó
-Viejo, tengo un mal presentimiento.- dijo Seto caminando hacia él con expresión seria
-Siento que algo malo va a pasarles- completó Yami adivinando los pensamientos de su hermano.
Cuando Nefertari abrió los ojos se vio sumida en una intensa oscuridad. Casi no podía ver. Intentó levantarse, pero notó unas cuerdas que le impedían moverse y la mantenían atada a un poste de madera. “¿Cómo llegué aquí?” se preguntó tratando de reconocer el lugar. Recordaba haber visto a un tipo, que en cuanto se aseguró de su identidad, había hecho algún conjuro o algo así y luego… había despertado en ese lugar. A su lado distinguió la silueta de su hermana que seguía inconsciente.
-Veo que te despertaste princesita- le dijo una voz que sonaba maliciosa –Al fin ese par de presumidos van a pagar por las deshonras que me han causado-
CONTINUARÁ
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