
Capítol 20
Llegó la noche al palacio del faraón. El dios del sueño paseaba lentamente por cada una de las habitaciones, desde la cocina donde dormían los esclavos, hasta los aposentos del faraón y su esposa… Llegó el dios hasta la parte más retirada del palacio, donde los hijos del faraón descansaban. Pasó primero a la habitación del pequeño Shasta, quien cayó dormido de inmediato. Su segunda parada fue la habitación de Seto. Arrugó la frente al encontrarla vacía, así que siguió de largo hasta la siguiente habitación; la de Yami. Asomó la cabeza a la habitación, su dueño, y el fugitivo de junto daban vueltas de un lado a otro sin hablarse ni mirarse, sacudiendo las cabezas y llevándose las manos a la frente constantemente. El dios se quedó perplejo ante tal escena, pero no por ello dejó su labor de hacer dormir a todos. Arrojó arena sobre las cabezas de ambos príncipes y esperó pacientemente a que cayeran como todos. Pero pasaron los minutos y el efecto de la arena aún no se hacía presente. Desde muy pequeños, ese par de desgracias lo habían estado desafiando, negándose siempre a ir a la cama. Pero ahora parecían más abnegados que nunca. Volvió a rociarles arena dos, tres, cuatro veces y aún así no dormían. Desesperado, el dios del sueño vació toda la bolsa de arena sobre los dos jóvenes. Y aún así no pasó nada. El dios pateó la bolsa y salió de ahí lanzando chispas.
Ajenos a todo esto, los dos príncipes seguían dando vueltas por la habitación sin saber qué hacer ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo no lo habían previsto? ¿Cómo no se habían asegurado de no dejarlas solas? ¡Por Ra que los dos estaban que se azotaban con la pared! Y toda esta miseria por un papel que tenía tres palabras; un mísero y asqueroso papel con tres palabras que había llegado a las manos del príncipe Yami al atardecer. Tres malditas y desgraciadas palabras… “No volverán vivas”. Y apenas leyéndola, el heredero se quedó frío y su piel tostada se volvió blanca y todo el color abandonó su miserable existencia y se le nublaron los ojos y quedó inconsciente.
Lejos de preguntarse porqué su hermano estaba inconsciente en el suelo de su habitación, lo primero que Seto pensó cuando entró a su habitación y vio a su hermano tirado en el suelo fue “Y a este qué cuerno le pasa” seguido de “Y este qué cuernos hace aquí” Ya después notó el papel en la mano de Yami, lo leyó, y aunque no se desmayó, estuvo a punto de. Lo que no pudo evitar fueron unas horrendas náuseas, mucho menos pudo evitar vomitar ahí a la mitad de su cuarto. Alegando que había pisado una fruta, y que su hermano se había desmayado del asco por marica, Seto dejó a alguien limpiando su habitación y se encerró en el cuarto de su hermano hasta que este despertó.
Y ahora estaban ahí, azotándose contra las paredes, sintiéndose miserables y estúpidos y sin saber qué hacer. Y estaban condenados a seguir así el resto de la noche, pues su desesperación había espantado y enfurecido al dios del sueño, por lo que probablemente no dormirían en días. Desesperados, cansados, asustados y confundidos los agarró el alba. La luz del sol les quemó los ojos y los cegó por un momento.
Como todas las mañanas, un esclavo los llamó a desayunar. Medio arreglados, se dirigieron al comedor. Sus padres intercambiaron miradas de consternación al ver los semblantes pálidos y ojerosos de sus hijos. Inmediatamente, el faraón llamó al médico real para que los revisara, pensando que estaban enfermos.
El médico revisó detenidamente a ambos príncipes, que, con el estado de cadáver andante que cargaban, no pudieron ni chistar. Se encontraban casi en un trance, cosa que preocupó aún más a su padre. Sin embargo, el médico sólo les recetó que se fueran a dormir, que lo que tenían era falta de sueño y nada más. Sí, tenían falta de sueño… pero su principal mal era una preocupación horrenda que les oprimía el corazón.
Pero en lugar de dormir, los dos príncipes, tambaleantes y soñolientos salieron del castillo por el camino secreto, oculto en la pared de cada habitación. Se reunieron en la orilla del Nilo y emprendieron el camino hacia el pueblo. Yami conocía mejor a los aldeanos, por lo que Seto se mantuvo a raya mientras el otro interrogaba a sus amigos Jono, Ryou, Merit, Kaia, Khenu y Teana. Ninguno de ellos supo dar información sobre las dos chicas que no habían dejado dormir a Yami y Seto. Sólo supieron decir que las habían visto el día anterior, pero que a media tarde se habían ido con dirección al Nilo.
Sin preguntar más, los dos príncipes “volaron” de regreso al Nilo y buscaron entre los juncos, en el agua y los alrededores, buscaron y buscaron; preguntaron a los barqueros, a los pescadores y a los pastores, a los mercaderes y a los que sólo paseaban por ahí pero nadie sabía dónde estaban Kefren y Nefertari. Al anochecer, cansados, desesperados y preocupados volvieron al palacio, cuidando no ser detectados.
Desgraciadamente, pasaron demasiado desapercibidos, lo que es igual a que el faraón se dio cuenta de que no estaban en el palacio, menos en sus habitaciones y mucho menos durmiendo como el médico había indicado. Total que les tocó el castigo del año (otro mes confinados en sus habitaciones, solo que sin trabajo porque a Narmer se le habían acabado las ideas) pero eso no evitó que se escaparan nuevamente.
Volvieron a reunirse, esta vez en la habitación de Seto, pues fue ahí donde apareció otra nota, igual a la anterior, escondida inocentemente bajo la capa azul que el príncipe había dejado sobre la cama para usar la ropa que su hermano guardaba para escapadas de ese tipo.
Se sentaron ambos en un rincón, observando detenidamente la nota, con miedo de abrirla. Era exactamente igual a la anterior; el mismo tipo de papel, el mismo tamaño, la misma forma… casi se podía decir que tenía el mismo olor… sí; el mismo olor a muerte. Lentamente, con las manos temblorosas, Seto abrió la nota. Ésta vez fue él quien se desmayó “por marica” y Yami el que “pisó una fruta”, pero eso no importaba pues las palabras que había escritas en la nota helaron los corazones de ambos príncipes:
“Les quedan tres días”
CONTINUARÁ
OK
piratisimamente corto GOMEN!!!!! No se me ocurria nada mas para poderles
dejar el suspenso (a medias)
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